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Cubaneo Cotidiano

LO PROMETIDO ES DEUDA...

LO PROMETIDO ES DEUDA...

Luego de regresar de mi viaje a Cuba, prometí que contaría mis experiencias por mi tierra natal, pero me ví imposibilitado de hacerlo pues, por razones que ignoro, cada vez que intentaba publicar el primer artículo, éste desaparecía como por arte de magia y, luego de reescribirlo una y otra vez, me cansé y esperé a que pasara un poco de tiempo para ver si podía recordar y escribir lo vivido.

A mi primera crónica pensaba titularla así mismo, “Crónica de un viaje no anunciado”, parafraseando el título de un libro de Gabriel García Márquez. Y quería hacerlo así, porque de inicio no avisé a mi familia la fecha exacta en que los visitaría en la Isla, para que no se atormentaran ni me esperasen en el aeropuerto.

Llegado el día, tuvimos que estar tres horas antes de la salida del avión, que salía al mediodía, comenzando así nuestro Calvario, al enfrentar la aventura de visitar Cuba, Calvario que empezó cuando fuimos a chequear pasajes y equipaje.

Para quien nunca ha visitado Cuba, y conoce sólo de referencia la realidad del sistema castro-comunista allí instalado hace ya cincuenta años, no podrá comprender cuántas regulaciones y limitaciones imponen a los que viajan a aquel país, y con qué rapidez cambian las mismas de un día para otro, por lo cual lo que ayer era permitido hoy no lo será y mañana será diferente, a lo que se suma que en ambas orillas, en La Habana y en Miami, se empeñan en ver a los viajeros como alguien a quien deben hacer sufrir y penar lo máximo posible. Tal pareciera que las autoridades americanas, o a lo mejor las del aeropuerto miamense, piensan que los que viajan van a lucrar con lo que llevan o a darle más energía al enemigo del otro lado, en tanto las autoridades aduaneras y de inmigración cubanas, piensan que los que van son todos espías que buscan información sensible para sus enemigos.

Esto hace que en ambos lados se empeñen en atacar el lado más sensible del viajero: los bolsillos, cobrándoles sumas desproporcionadas por cada libra de peso o exceso de equipaje. Por ello, pagué U$ 120.00 en Miami y sólo U$ 73.00 en La Habana, lo cual fue una verdadera suerte, pues esperaba que fuera muchísimo más.

Lo peor no fue lo que tuve que pagar sino lo que tuve que sufrir por el trato que en ambos lados le dan al viajero. Quizás en mi viaje se aplicó la ley de la compensación, en Miami me cobraron más, pero en La Habana me maltrataron más. ¿Maltrato? Si, psicológico, ya que desde que arribó el avión comenzó el Vía Crucis: el avión no tenía conexión con el edificio del aeropuerto, sino que lo ubicaron lejos de él para que tuviéramos que caminar un largo tramo hasta el edificio, ya que no pusieron bus para el traslado.

Al bajar del avión, todos los agentes de Aduana e Inmigración nos pusieron “cara de perro” y nos miraban como si fuéramos agentes entrenados y superarmados de la CIA, creo que ni por un instante por sus mentes pasó la peregrina idea de que si nos acogían con atención, podríamos ser más generosos y abrir más fácilmente los bolsillos que permiten engrosar la economía de dólares al país, y de algún modo ellos también recibirían su tajada. Pero nada de eso, nos miraban como lobos que venían, y en cierto sentido tenían razón, a disfrutar las ventajas que sólo quien vive en un país capitalista disfruta de ambos lados, en el país de residencia y en el país de origen, frente a la miseria que ellos viven.

Llegada la hora del pesaje del equipaje, rondaban alrededor de los viajeros los buitres que trataban de hacerle creer que les iría mejor si les dejaban un jugosa tajada de propina, y otros que chequeaban si uno declaraba todo lo que traía: regalos, equipos electrónicos, alimentos y medicinas. Finalmente, con un profundo suspiro, luego de pagar las penalidades por el exceso de equipaje, que uno termina pagando doblemente, en ambos aeropuertos, el de salida y el de entrada, salí del edificio, donde parecía que una jauría de personas, algo así como el circo romano donde los leones esperan comerse a los cristianos, en espera de sus familiares y conocidos, o de posibles clientes de hospedaje o servicios sexuales, esperaban ansiosamente la salida de los pasajeros que arribaban al país.                                                                              

                                                                                                                                                                                                                                                         (CONTINUARÁ)

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